“Los niños con cáncer no votan, pero los usan como si lo hicieran”
En la arena política mexicana, los discursos más desgarradores suelen ser los más vacíos. El cáncer infantil, una tragedia que debería unirnos como nación, se ha convertido en una bala simbólica disparada desde cada tribuna partidista. Se apela al dolor, pero nunca se atiende. Se promete justicia, pero solo se reparte cinismo.
En cada elección, los mismos rostros compungidos vuelven al ruedo. Candidatos y partidos en campaña se presentan junto a madres desesperadas, niños con la mirada perdida, camas de hospital y estantes vacíos donde deberían haber tratamientos. Utilizan estos cuadros como escenografía emocional para el espectáculo político.
Los partidos hacen de las carencias en oncología pediátrica un tema prioritario… en sus discursos. Reparten promesas como caramelos electorales, exigen desde las cámaras legislativas lo que no construyen, y ondean banderas de indignación que se desvanecen apenas cruzan la puerta del poder.
No importa quién gobierne. Los reportes de desabasto de medicamentos oncológicos infantiles siguen siendo una constante. La tragedia se repite con precisión quirúrgica: hospitales públicos sin citostáticos, clínicas sin personal, familias vendiendo lo que no tienen para comprar tratamientos que el Estado les niega. Mientras tanto, las partidas presupuestales se diluyen en contrataciones opacas, compras a sobreprecio, y hasta en el robo sistemático dentro de los propios centros de salud.
Y es aquí donde el dolor se convierte en hipocresía de Estado: el cáncer infantil, que debería ser una urgencia moral nacional, se transforma en mercancía política. Los niños no votan, pero su imagen vende. No tienen voz, pero se les hace hablar en spots, en pancartas, en tribunas. Los usan vivos y muertos. Son los mártires involuntarios de una guerra electoral sin ética.
No es fácil despolitizar el dolor, pero es posible devolverle dignidad. Primero, necesitamos leyes blindadas contra la simulación. Reformas que obliguen a que todo partido político que use el tema del cáncer infantil en campaña destine recursos directos a instituciones certificadas y fiscalizadas que atiendan esta causa. Nada de menciones vacías: compromiso económico y transparente o silencio.
Segundo, urge una central nacional de abasto de medicamentos con auditoría ciudadana en tiempo real. El dinero está; lo que falta es voluntad para que llegue a donde debe. Que cada caja de medicamento tenga trazabilidad pública. Que cada hospital esté obligado a mostrar su inventario. Que los ciudadanos podamos ver en línea si los insumos existen… o si se los robaron.
Y finalmente: incluir a organizaciones civiles especializadas en la toma de decisiones de política de salud infantil. Los políticos no deben decidir solos; quienes están en la trinchera del cáncer infantil tienen que tener voz, voto y veto.
Los niños con cáncer no votan, pero son el reflejo más crudo del país que somos. Dejar de usarlos como carne electoral no solo es un acto de ética política: es el primer paso para empezar a curar una nación enferma de indiferencia.
Alex Arche
Fundador
Fundación CHOCHO
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