"El país que podríamos ser: cuando el amor se sienta a la mesa del poder"

"El país que podríamos ser: cuando el amor se sienta a la mesa del poder"


México se desangra lentamente por la herida más profunda y persistente de su historia: la indiferencia. Mientras el poder se esconde tras estadísticas y discursos vacíos, las fundaciones trabajan con las manos, con la mirada, con el alma. Allí donde el gobierno no escucha, ellas sienten. Y ha llegado el momento de hacerles un lugar, no como espectadores, sino como actores indispensables en la construcción de un país más justo, más sano y más humano.

En las oficinas del poder no hay hambre. No hay madres rezando por una medicina que no llega, ni abuelas curando a sus nietos con infusiones porque el centro de salud más cercano está a tres horas a pie. Quienes gobiernan rara vez han vivido la angustia de no tener qué cenar o el miedo de una fiebre sin doctor. No por maldad, sino por distancia. Por una desconexión estructural que, en materia de salud, se traduce en muerte, abandono y sufrimiento.

Las decisiones públicas en salud no pueden seguir tomándose desde esa burbuja de comodidad y datos abstractos. Porque la pobreza no es un número: es un silencio. Es la falta de atención, de recursos, de compasión institucional. Es lo que millones viven cada día en este país y que el gobierno apenas logra ver desde sus torres de cristal.

Mientras tanto, hay fundaciones que no esperan permiso para actuar. No hacen promesas electorales: hacen comunidad. Se instalan en lo profundo de la necesidad y ofrecen lo que el Estado ha olvidado cómo dar: un abrazo, una visita, un oído atento, una medicina, un colchón limpio, una palabra de aliento. No se mueven por presupuestos, sino por amor. Por convicción. Porque saben que la dignidad humana no es un trámite, es un derecho.

Y sin embargo, a pesar de su impacto, siguen sin estar donde deberían: en el centro de las decisiones.

Es urgente institucionalizar la colaboración real entre el gobierno y estas fundaciones. No con convenios simbólicos, sino con mesas de trabajo donde sus voces sean escuchadas y sus experiencias valoradas como insumo clave para diseñar políticas públicas efectivas. México no puede darse el lujo de prescindir de quienes están en la primera línea de la lucha contra la pobreza y la desigualdad.

Imaginemos un país donde los programas de salud pública se diseñan con base en el conocimiento territorial de quienes llevan años atendiendo comunidades olvidadas. Un país donde el gobierno asume su rol sin arrogancia y entiende que sumar manos, corazones y saberes no es debilidad, sino fortaleza. Ese país es posible. Pero solo si aceptamos que la empatía también debe formar parte del poder.

Las fundaciones no pueden solas, y el gobierno jamás podrá solo tampoco. Pero juntos, con respeto mutuo y voluntad de transformar, pueden construir algo que hoy parece lejano: un México verdaderamente humano, donde los abrazos también sean política pública. Porque al final, ningún pueblo se salva solo. Y ningún gobierno debería pretenderlo.

Alex Arche
Fundador de Fundación CHOCHO 

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